
Mucho dolor. Indudablemente como cualquier ciudadano de esta querida ciudad, uno sintió el cimbronazo, el desgarro, el dolor profundo ante esa catástrofe evitable que fue el incendio que en unos poco minutos se llevó, como si tal cosa, mucho más que unos papeles. Posiblemente, uno sienta ese dolor un poquito más -no lo sé-, lo digo arbitrariamente o quizá porque uno deambuló por ese andén, por esas oficinas por espacio de casi catorce años que trae como consecuencia el rostro de tantos compañeros ferroviarios, de ese vino lento en el bar de Armando y de Cacho, de tantas charlas; y porque además uno siente que ha puesto un granito de arena conjuntamente con tantos otros para hacer posible ese Museo y Archivo, y ha tenido la oportunidad de tener en las manos esos documentos, esas fotos, esos libros, esos objetos. Los ha estudiado, los ha admirado y los ha apreciado como lo que eran: piezas únicas e irrepetibles.
La tarea de un hombre
Es cierto que se ha perdido mucho. Hasta personas que nunca habían acudido al Museo y Archivo y ni sabían exactamente de qué se trataba, presienten que se ha perdido mucho. Y, si bien uno sabe, porque ama apasionadamente cada una de esas cosas que nos habla del pasado, del valor de cada objeto, también sabe que no se puede llorar, ni vivir llorando. La verdadera tarea de un hombre en estos casos es reflexionar, es comprender y ejercer una crítica y autocrítica rigurosa. Entre otras cosas, cuánto quisiera que esta tremenda aberración que nos pasó a los pergaminenses la pudiéramos trocar con un aprendizaje que pasaría, por un lado, en un cuidado mayor de las cosas que nos quedan y sabemos desprotegidas (Biblioteca, Bellas Artes, Archivo Municipal); y, por otro lado, un aprendizaje que nos permita valorar y valorarnos, sacarnos de encima esa colonización espiritual que no nos permite ver al otro, respetarlo al otro, quererlo al otro.
Tendremos otro Archivo
A lo largo de la historia se vivieron numerosas aberraciones, innumerables momentos dramáticos. Uno de ellos fue cuando el mal llamado bárbaro Alarico saqueó impiadosamente la imperial ciudad de Roma. Uno de los pocos hombres que no desesperó ante ese hecho lamentable fue San Agustín, quien reaccionó diciendo, aproximadamente, que había que superar el episodio, ya que en el mismo se encontraba el porvenir.A mi me ha bastado observar las diferentes muestras de preocupación, de solidaridad que han manifestado hombres y mujeres de este pueblo maravilloso que se han acercado de una u otra manera para colaborar, apuntalar, para decir ¡aquí estamos todos! ¡El posible odio, o la posible ignorancia, o la posible especulación que produjeron el desastre no se saldrá con la suya!Ante esa energía, ante esa decisión inclaudicable de un pueblo, no se necesita ser un gran profeta para saber que se perdió un Archivo, pero que en esa pérdida se encuentra el anuncio de que tendremos otro Archivo, sin dudas, un Archivo Nuevo.
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